Es un
hecho conocido, que muchos venezolanos han decidido emigrar del país en los
últimos quince años.
Aún se
desconocen las cifras oficiales del número de venezolanos que actualmente
residen en el exterior, pero me atrevería a afirmar que a partir del año 2013
se incrementó exponencialmente la cantidad de venezolanos cuyo boleto de
retorno jamás sería usado.
Para el
año 2014, el fenómeno fue conocido como el "gran éxodo de venezolanos". Jóvenes estudiantes, muchos con
sus estudios por concluir, hombres, mujeres, profesionales y familias enteras
programaron rápidamente su viaje.
Enfocados
en finiquitar los trámites legales para cumplir con los requisitos de rigor, la
mayoría, solo podían explicar semejante decisión empleando como referencia la
situación crítica del país, la cual parece sacada de un libro de ficción.
Las
razones para emigrar sobraban y explicar los motivos no era necesario. Una
larga lista de denuncias incuestionables sobre los ingresos del venezolano, la
devaluación de la moneda, el astronómico índice de homicidios y secuestros, la
escasez de algunos rubros alimenticios, y como punto crucial, la violación de
los derechos humanos, privación arbitraria de la libertad y la lucha del
régimen madurista para arruinar completamente al país, argumentaron la estampida
de cientos de miles de venezolanos a tierras foráneas.
Estas
características, únicas en la historia de la migración venezolana, conforman el
nuevo perfil del emigrante venezolano, que echa por tierra todo paradigma
anterior.
A tales
efectos, estas circunstancias extraordinarias se pueden sintetizar en una sola
frase: “Estos venezolanos no querían
irse del país”. Esta agonizante perspectiva de un futuro próspero, fue
diluyendo los sueños y las esperanzas de millones de venezolanos.
Para los
que vieron en la emigración una opción no solo acertada sino apremiante, no
hubo tiempo de esclarecer el impacto que aquella decisión generaría no solo en
ellos, sino también en el país.
Ya el
filósofo español José Ortega y Gasset había señalado hace mucho tiempo: "Yo
soy yo y mis circunstancias, si no la salvo a ella, no me salvo yo".
Será
necesario entonces comenzar a decantar, no solo el fenómeno migratorio en sí,
sino el sentido que cada quien pueda darle a su experiencia desde una frontera
ampliada, cuyos límites van más allá del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar.
Entender,
que no se puede sentir nostalgia por algo que te constituye como individuo, que
el referente del inmigrante siempre será su país de origen, y que precisamente
es Venezuela quien clama por ser reivindicada.
Hay pues,
que revisar aquellas maletas con que se inició el éxodo, posiblemente ya
algunos han comenzado a percatarse de que no se trata de haber olvidado alguna
cosa; que aquella cosa por lo que se siente añoranza no es una comida, un
dulce, un paisaje o un abrazo, sino que todas en su conjunto van siempre con él,
porque curiosamente le definen.
Escrito por: Eliana González (Enero,2016)
