sábado, 30 de enero de 2016

Con Venezuela en la maleta


Es un hecho conocido, que muchos venezolanos han decidido emigrar del país en los últimos quince años.

Aún se desconocen las cifras oficiales del número de venezolanos que actualmente residen en el exterior, pero me atrevería a afirmar que a partir del año 2013 se incrementó exponencialmente la cantidad de venezolanos cuyo boleto de retorno jamás sería usado.

Para el año 2014, el fenómeno fue conocido como el "gran éxodo de venezolanos". Jóvenes estudiantes, muchos con sus estudios por concluir, hombres, mujeres, profesionales y familias enteras programaron rápidamente su viaje.

Enfocados en finiquitar los trámites legales para cumplir con los requisitos de rigor, la mayoría, solo podían explicar semejante decisión empleando como referencia la situación crítica del país, la cual parece sacada de un libro de ficción.

Las razones para emigrar sobraban y explicar los motivos no era necesario. Una larga lista de denuncias incuestionables sobre los ingresos del venezolano, la devaluación de la moneda, el astronómico índice de homicidios y secuestros, la escasez de algunos rubros alimenticios, y como punto crucial, la violación de los derechos humanos, privación arbitraria de la libertad y la lucha del régimen madurista para arruinar completamente al país, argumentaron la estampida de cientos de miles de venezolanos a tierras foráneas.

Estas características, únicas en la historia de la migración venezolana, conforman el nuevo perfil del emigrante  venezolano, que echa por tierra todo paradigma anterior.

A tales efectos, estas circunstancias extraordinarias se pueden sintetizar en una sola frase: “Estos  venezolanos no querían irse del país”. Esta agonizante perspectiva de un futuro próspero, fue diluyendo los sueños y las esperanzas de millones de venezolanos. 

Para los que vieron en la emigración una opción no solo acertada sino apremiante, no hubo tiempo de esclarecer el impacto que aquella decisión generaría no solo en ellos, sino también en el  país.

Ya el filósofo español José Ortega y Gasset había señalado hace mucho tiempo: "Yo soy yo y mis circunstancias, si no la salvo a ella, no me salvo yo".

Será necesario entonces comenzar a decantar, no solo el fenómeno migratorio en sí, sino el sentido que cada quien pueda darle a su experiencia desde una frontera ampliada, cuyos límites van más allá del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar.

Entender, que no se puede sentir nostalgia por algo que te constituye como individuo, que el referente del inmigrante siempre será su país de origen, y que precisamente es Venezuela quien clama por ser reivindicada.

Hay pues, que revisar aquellas maletas con que se inició el éxodo, posiblemente ya algunos han comenzado a percatarse de que no se trata de haber olvidado alguna cosa; que aquella cosa por lo que se siente añoranza no es una comida, un dulce, un paisaje o un abrazo, sino que todas en su conjunto van siempre con él, porque curiosamente le definen.

Venezuela también se fue en esas maletas, y ahora acompaña a muchos venezolanos en otras tierras. Pero el país no espera pasivamente, al contrario; reclama todos los días por un sentido y un futuro, aquel que todos los venezolanos debemos construir incluso desde el exilio.



Escrito por: Eliana González (Enero,2016)